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Centro Cultural Biblioteca Pública Julio Mario Santo Domingo

El 26 de mayo de 2010, el  Centro Cultural Biblioteca Pública Julio Mario abrió sus puertas con la promesa de convertirse en el espacio cultural que el norte de Bogotá estaba esperando. Ubicado en el barrio San José de Bavaria (Localidad de Suba).

Es un complejo de 23 mil metros cuadrados de extensión, conformado por una mega biblioteca con capacidad de hasta 150 mil libros; el Teatro Mayor especializado en conciertos, espectáculos y montajes teatrales y operáticos de gran envergadura; el Teatro Estudio donde se pueden presentar conciertos de música de cámara, danza contemporánea, espectáculos escénicos más experimentales, performances e instalaciones. La construcción del imponente edificio y la administración del complejo de teatros se propuso en un novedoso esquema de gestión público privado en el que la empresa privada y la Alcaldía de Bogotá unieron fuerzas para hacer realidad el sueño de tener una programación de excelencia que beneficiara a todos los colombianos.

Pestañas verticales

Alejandro Santo Domingo
Alejandro Santo Domingo

Discurso pronunciado la noche del 26 de mayo de 2010 durante la inauguración del Centro Cultural Julio Mario Santo Domingo


Con la inauguración del Centro Cultural, que hoy lleva el nombre de mi padre, concluyó la tarea de extender la red de megabibliotecas a los cuatro puntos cardinales de la ciudad. La nueva biblioteca, la del noroccidente, que sirve a un millón y medio de bogotanos, muchos de ellos de barrios muy pobres del sector, cuenta además con dos teatros: uno con capacidad para 1.332 personas y otro para 363, ambos con especificaciones técnicas de talla mundial.

La visión de ciudad, planteada inicialmente por el ex alcalde Enrique Peñalosa, hace diferente a Bogotá; pero lo que diferencia al Centro Cultural Julio Mario Santo Domingo de los demás no son solo sus teatros, es su carácter.

Era difícil imaginar esta obra el día en que pusimos la primera piedra. Teníamos diseños, bocetos y dibujos, en los que se reflejaba el sueño del arquitecto Daniel Bermúdez y lo que esperábamos de él. Seguimos de cerca el avance de la construcción, la lucha del arquitecto y los constructores, de los representantes de la Alcaldía Mayor y de nuestros asesores, y estuvimos presentes en los centenares de comités de obra que se llevaron a cabo, mientras se hacía realidad lo que años atrás había sido apenas un sueño.

Varias veces acompañé a Daniel Bermúdez en su trabajo diario. Con él subí y bajé por andamios, imaginé paredes, salones, escenarios, corredores, donde apenas había un par de ladrillos, y lo escuché explicar su idea: la búsqueda de elementos de diseño y construcción que no solo le entregaran a la ciudad espacios de lectura o de cultura, sino también una puerta a la belleza arquitectónica.

Con el Centro Cultural se logró ese cometido de maneras diversas: la terraza de acceso, que suaviza el paso hacia la biblioteca, los colores del concreto que diferencian a los teatros de la biblioteca, y los aspectos que mejoran la vida de la gente: la luz natural en la sala de lectura, los espacios abiertos y generosos, los teatros con la tecnología adecuada y el parquet que rodea al edificio para acercarlo a sus vecinos. El Centro Cultural cobró así vida propia y adquirió carácter.

Daniel Bermúdez tenía ya su lugar en la historia de la arquitectura colombiana cuando mis padres lo buscaron para que diseñara la cuarta megabiblioteca, construida con recursos de la familia y con el aporte del lote por parte del Distrito Capital; pero quien observa el Centro Cultural Julio Mario Santo Domingo sabe que él tiene ahora, en esta obra, su momento culminante. Los bogotanos en particular y los colombianos en general estaremos siempre agradecidos con Daniel Bermúdez porque esta obra monumental engrandece a la ciudad y enriquece todos los días a millones de personas.

Carlos Arturo Londoño
Carlos Arturo Londoño

Presidente Valorem S.A. e Invernac & Cia S.A.S

Bajo la administración del alcalde Lucho Garzón, Alejandro Santo Domingo decidió hacer una donación adicional para el equipamiento educativo y cultural. Con este esquema y en compañía de BibloAmigos, entidad encargada de realizar las gestiones ante el Distrito para que la voluntad de la familia Santo Domingo se hiciera una realidad, se firmó un convenio con la Administración Distrital.


Tras la firma del acuerdo inicial, se invitó al arquitecto Daniel Bermúdez a presentar un diseño preliminar para la obra. Asimismo, se creó el Comité para la Coordinación y Gestión del Proyecto, con reuniones quincenales, en el que participaron el arquitecto Bermúdez, los interventores, BibloAmigos y los representantes de los donantes, quienes lo presidían. La familia Santo Domingo, por su parte, siempre estuvo muy involucrada en el desarrollo del proyecto y las decisiones más relevantes se tomaron siempre con su aval.

El primer giro que dio el proyecto recién iniciado, hacia lo que tenemos hoy en día, fue cuando se sugirió a doña Beatrice Santo Domingo considerar incluir dentro de la donación la construcción de un teatro, ya que alguna vez se había contemplado la idea de tener uno en la zona de Suba. Ante esta sugerencia, doña Beatrice le pidió a Daniel Bermúdez que estudiara dicha posibilidad, pero que fuera un teatro que sirviera para presentaciones de clase mundial incluida la ópera. Con la adición del teatro, la biblioteca se transformó en Centro Cultural. Las implicaciones de este nuevo esquema no fueron menores. La más importante fue de índole presupuestal, ya que inicialmente el aporte de la familia Santo Domingo era de 10 millones de dólares o 25.000 millones de pesos, su equivalente a la tasa de cambio de esa época, suma que resultaba insuficiente para la construcción del Centro Cultural. Con el aval de la familia Santo Domingo, el presupuesto pasó de 25.000 millones a 32.000 millones de pesos. Al final, la donación llegó a los 58.000 millones, 132% más de lo inicialmente ofrecido.

Al final de la administración de Lucho Garzón y al inicio de la de Samuel Moreno, seguíamos con la idea de que tan sólo le entregaríamos una construcción a la ciudad. Sin embargo, poco a poco nos fuimos dando cuenta de la magnitud del proyecto y de su impacto en la ciudad, y empezamos a considerar aspectos necesarios para garantizar su viabilidad y perdurabilidad. Por eso, cuando le expresé a Alejandro Santo Domingo esta inquietud, aceptó buscar, para el caso específico del Teatro, un esquema de funciona miento público-privado que garantizara su vocación artística y la mayor eficiencia de su gestión. Esta inquietud no incluía la operación de la Biblioteca, ya que la misma haría parte de la red de bibliotecas de la ciudad, con lo cual se garantizaba su sostenibilidad. Sin embargo, en el caso del Teatro se trataba de una nueva experiencia, tanto para el Distrito como para nosotros, y la decisión de acompañar al Distrito en su operación y administración fue el segundo giro que dio el proyecto.

El estudio, terminado a finales del año 2009, demostró que el modelo que mejor se ajustaba al Teatro era el de un Convenio de Asociación entre la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte y las entidades privadas que contaran con la idoneidad requerida para la operación del mismo. Bajo el modelo de operación público-privada, se garantizaba el mejor aprovechamiento de este escenario ya que permitía contar con diferentes fuentes de ingresos (boletería, alquiler, patrocinios, donaciones y recursos públicos), así como con independencia, transparencia y agilidad en la contratación y operación del mismo.

El siguiente asunto por resolver fue quién iba a manejar el Teatro. Ramiro Osorio estaba trabajando en la Sociedad General de Autores y Editores de España (SGAE) en Madrid y llegó a mi oficina en octubre de 2009. Le hice saber de mis inquietudes y le solicité consejos sobre quién podría asumir este reto. Ramiro Osorio expresó su interés en regresar a Colombia y asumir el reto él mismo. Estuve de acuerdo y consulté con los donantes y con la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte su designación, la cual ha sido un acierto.

Clarisa Ruiz Correal
Clarisa Ruiz Correal

Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte

El Plan Maestro de Equipamientos Culturales de Bogotá inició, desde la institucionalidad cultural, una reflexión sistemática sin precedentes sobre la cultura y la ciudad y sobre la relación entre cultura y territorio. Pienso que, por ejemplo, el Ministerio de Cultura y, en general, las instituciones públicas realizan actividades marcadas por una concepción moderna de la cultura y de la gestión cultural al estilo francés donde las prácticas artísticas priman de una manera muy amplia. Es por ello que debemos desarrollar las reflexiones y articulaciones entre la cultura, lo histórico, lo territorial o lo social, que propone el Plamec, para permear la acción institucional cultural.

Tanto a nivel nacional como distrital la gestión pública cultural está aún muy centralizada. Lo demuestra el hecho de no poder contar con perfiles y lecturas más específicas sobre los territorios físicos y los territorios culturales (estos últimos más cruzados y más híbridos). La infraestructura cultural es incipiente y las acciones más recientes de la Administración Distrital, en los ámbitos locales, estuvieron orientadas a lograr acuerdos para la construcción o la implementación de casas de cultura. Pareciera como si cada localidad ambicionara una Casa de Cultura como el espacio privilegiado de la gestión cultural local. El hecho es que existe toda una vida cultural local que genera demanda por espacios más diversos. Ante las limitaciones presupuestales y de tierra, la infraestructura cultural debe apropiarse y cohabitar con el espacio público, con el de la salud, con el educativo y con el de la vivienda, es decir, con el de la vida cotidiana de los habitantes. Parques, bibliotecas-mediatecas, bares y librerías, senderos y humedales, colegios, escenarios móviles y espontáneos pueden abrirse y respirar con las expresiones culturales de sus habitantes. Bogotá Humana no piensa en términos de megainfraestructuras y ladrillo, más bien en lo próximo, que es de otra escala, y lo mutante.

Tenemos que trabajar mucho en las políticas locales, en fortalecer las administraciones locales y en promover una conciencia política cultural. En Colombia solo hay tres ciudades que tienen planes de desarrollo cultural, a pesar de contar con un discurso vigoroso e independiente. Me parece que la administración cultural nacional está rezagada en reconocer nuevas manifestaciones culturales urbanas, corporales y otras tradiciones que dejan huella en las ciudades y una de las causas de esta situación es el pensamiento centralizado.

Con el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo hicimos una apuesta importante para atraer la denominada responsabilidad social empresarial que en nuestro país no jalona lo cultural y que lo convierte en un ámbito subestimado. Aspiramos a que esta alianza, con uno de los conglomerados económicos más poderosos del país, sea un ejemplo, pues esta alianza permite a la ciudad ser destino de una oferta cultural internacional permanente y cotidiana. Alcanzar un promedio de 50% de ocupación es un logro importante y su rol como constructor de comunidad en proximidad debe reflejarse en la composición de sus públicos. Un ejercicio fundamental de los teatros debe ser el ganarse los públicos que habitan en su entorno, es decir, en Suba y Usaquén. El Teatro Mayor y el Teatro Estudio deben logran una relación más orgánica con estos públicos además de las extensiones y relaciones que, por su pertenencia a la red pública distrital, deben generar con otros escenarios en la ciudad.