El poder de la música

La música provoca un efecto muy particular en las personas. Desde que nació, no se sabe bien cuándo, su efecto ha sido innegable, aunque difícil de entender. Ya Platón explica en Las Leyes, que los dioses dieron a los mortales el sentido de la melodía y el ritmo para alivio de sus males, y a partir de esto descubre las posibilidades cívicas de la música. Asimismo, Aristóteles aseguraba que la música ejerce una doble influencia física y moral en quien la escucha. Según el ritmo y la disposición de los tonos en una escala se pueden despertar sentimientos de alegría, de tristeza, de tragedia, de patriotismo, sentimientos que todos hemos experimentado. Mozart también, pero él tenía el don de traducir esas emociones en obras de enorme belleza y complejidad, que nos conectan, desde nuestros propios sentimientos, con los hombres del siglo XVIII o de la antigüedad clásica. 
Por algo será que hoy día tantos especialistas usan la músicoterapia como una herramienta más en la sala de consulta.

Y es que hay algo de inexplicable en la manera como los sentimientos se despiertan cuando oímos música, en la forma como los estados de ánimo se exaltan, angustian, enamoran o ensombrecen al oír alguna melodía. Claramente, tan potente efecto no iba a pasar por alto de las esferas de la ciencia, por eso hay quienes le han dedicado horas y horas estudiando qué es lo que hace la música en nuestros cuerpos. De hecho, se ha llegado a determinar que las regiones del cerebro implicadas en el reconocimiento de la melodía y el ritmo están fuertemente conectadas con el sistema límbico, que rige las emociones. Los científicos creen que la música ha estado implicada en la evolución de las relaciones afectivas y que lo que nos gusta de las melodías tristes es que, en realidad, nos hacen sentir bien… A la vez que el cerebro percibe una melodía, el mismo sistema neuronal conecta con los núcleos de la emoción y permite a quien escucha reconocer una obra, rescatar antiguos recuerdos y sentir. “La música es capaz de evocar emociones de forma muy poderosa”, afirma la neurocientífica Mara Dierssen. Así, el placer que proporciona es ‘físico’, está mediado por la dopamina y éste ha sido estudiado por el neurocientífico de la Universidad McGill de Canadá, Robert Zatorre. “Gracias a la técnicas de neuroimagen hemos podido localizar las zonas concretas del cerebro donde sucede la liberación de este neurotransmisor, las zonas donde nace el placer”, explicaba al portal científico SINC este experto.

Todo, vemos, pasa por la emoción.

Basta ver de qué manera se expresaba el propio Mozart en sus muchas cartas –se dice que más de 400- y muchos estados de ánimo. Cuando su padre, Leopold, lo interroga acerca de si va diariamente a misa y si se confiesa, Mozart unas veces le pide: “¡No se preocupe por la Salud de mi alma!” (Carta del 13 de Junio de 1781).

En otras, se molesta: “Una cosa me ha molestado un poco, la pregunta de si no habré olvidado confesarme, sin embargo no tengo nada que decir. Pero permítame un solo ruego: ¡y es que no piense tan mal de mí! Me gusta divertirme, pero esté seguro de que a pesar de todo puedo tener seriedad… le ruego una vez más y muy humildemente, que tenga mejor opinión de mí” (Mozart acá tiene ya 21 años) (Carta del 20 de Diciembre de 1777).

Y se desborda en amores. Sobre el amor de amantes se pregunta “¿quién es el objeto de mi amor? Es Constanze Weber (…) podría llenar pliegos enteros describiendo nuestros encuentros (…) no es fea, pero tampoco hermosa, toda su hermosura consiste en dos ojitos negros, y en una hermosa figura”. Pero también utiliza lo que Liberman llamó “caricias estratégicas” al decirle a su padre: “No tiene ingenio, pero sí un sano sentido común, suficiente para cumplir sus deberes de mujer y madre, la mayor parte de las cosas que necesita una mujer se las puede hacer por sí misma, y se peina también sola todos los días. Entiende de la administración de una casa, tiene el mejor corazón del mundo, la quiero y me quiere de todo corazón, dígame si podría desear una mujer mejor… ¡Tenga piedad de su hijo!”.

Pero también tenía charlas sesudas sobre lo que debería ser y provocar la música: 
Sobre ópera y lírica
Carta a su padre
Viena, 13 de octubre de 1781

Mon très cher père!
(...) En una ópera, es absolutamente necesario que la poesía sea hija obediente de la música... ¿Por qué, pues, las óperas bufas italianas gustan tanto en todas partes... con todo lo que contienen de miserable sus libretos? E incluso en París… yo mismo he sido testigo de ello. La razón es que la música reina en ellas sin discusión... y entonces se olvida todo el resto.
Sí, una ópera debe gustar en la medida en que el plan de la obra haya sido mejor construido; que las palabras hayan sido escritas por la música, y que uno no se encuentre aquí y allá palabras introducidas para satisfacer a una funesta rima (cualesquiera que sean, ¡por Dios!, las rimas no añaden nada al mérito de una representación teatral, sino que más bien la estropean)..., o incluso estrofas enteras que destrozan toda la idea del compositor. Los versos están bien, para la música son algo indispensable..., pero las rimas... las rimas son lo más perjudicial... Quienes acometen su obra con tanta pedantería, se hundirán siempre a sí mismos y a su música. Lo mejor es cuando un buen compositor, que comprende lo que es el teatro y que es capaz de sugerir ideas él mismo, se encuentra con un poeta juicioso, con un verdadero fénix... ¡Entonces es cuando no hay que inquietarse de la opinión de los ignorantes! Los poetas me hacen un poco el efecto de las trompetas, con su oficio rimbombante... Si nosotros, los compositores, quisiéramos seguir con tanta fidelidad nuestras reglas (que en otros tiempos eran tan buenas, cuando no sabíamos nada de ellas), haríamos una música tan mediocre como mediocres son sus libretos. Por ahora ya le he entretenido suficientemente, me parece a mí, con mis naderías; tengo que informarme de lo que me es más querido, o sea de su salud, excelente padre mío. (...) Espero que mi hermana se vaya encontrando cada día mejor... La abrazo de todo corazón, y a usted, mi querido y excelente padre, le beso mil veces las manos, suyo para siempre, vuestro muy obediente hijo.
W. A. M.

Y si de emociones estamos hablando, es llamativa la manera como se le ha otorgado a la música de Mozart un carácter amoroso, casi sanador, de acompañamiento, de seguridad. Es lo que en desde comienzos de la década de 1990 se conoció como “el efecto Mozart” y consistió por años en poner a oír a los bebés y a los niños la música de Mozart. Esto ya es un mito, pero durante años se le depositaron una serie de atributos a su música gracias a que el médico e investigador Alfred A. Tomatis en 1991 publicó su texto Pourquoi Mozart, mencionando los efectos “terapéuticos” y el uso de la música en terapias. Hoy en día tales datos no son concluyentes, científicamente hablando, pero no podemos dudar de lo que la música hace. Más allá de estas razones “científicas”, claramente la música de Mozart le habla al corazón. Y es quizá por ello que el público se rinde ante él. Porque su subjetividad se le impone, porque la memoria personal y emocional la detona un acorde, porque la puesta en escena altera y la persona llega de una forma y sale de otra. Y seguirá buscando estas transformaciones internas, así que seguirá yendo a espectáculos, una de las mejores formas de combatir la insaciabilidad del hoy.

 

®Teatropedia

 

Imagen: http://fineartamerica.com/

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