Sinfonías séptima y octava de Beethoven

Séptima Sinfonía

Otro romance, nuevamente terminado en una decepción, marca la época en la que Beethoven compone su séptima sinfonía. Se trata de la mujer a la que Beethoven llama “la amada inmortal”, sin dar su nombre, aunque los historiadores se han encargado de señalar a una cierta Antonie Brentano. Como si fuera poco, la situación económica del compositor se deterioró a consecuencia de las guerras napoleónicas y de la suspensión del apoyo monetario de algunos de sus patrocinadores. Para completar, la salud de su hermano Caspar Carl tuvo serios altibajos debidos a la tuberculosis y en previsión de lo peor, dejó la custodia de su hijo Karl al compositor.

Beethoven y el futuro inventor del metrónomo, Johann Maezel, hicieron una pieza populachera, ruidosa y oportunista para celebrar la victoria militar sobre Bonaparte. El público asistente al aire libre prestó atención solo a un movimiento de la Séptima, mientras que la Victoria fue aclamada y tuvo que repetirse pronto. Con el tiempo, la Victoria se volvió una rareza y la Séptima, una de las más grandes.

La Séptima Sinfonía guarda similitud en aspectos estructurales con la Tercera, regresa la potencia de la orquesta sinfónica con una fuerza renovada. La orquesta es mucho más potente por el empleo de los vientos en un papel prominente.

 

Octava Sinfonía

Resulta sorprendente que la Octava sea tan dulce y pacífica si se considera que es contemporánea de las turbulentas pasiones amorosas del compositor. Para ese momento Beethoven asumió que nunca podría amar a una mujer con quien formar una familia. Es la época en la que sus cartas a la Amada Inmortal dejan ver la altura de su pasión por una mujer casada y ponen punto final a cualquier posibilidad.

La ejecución de esta sinfonía de Beethoven menos famosa, tarda aproximadamente lo mismo que la de su muy conocida Quinta. La obra goza de menos atractivos que la Sexta con sus referencias a ideas extramusicales de la vida pastoril y no tiene la solidez de la Séptima. Sin embargo, desde la primera nota demuestra una vitalidad beethoveniana que atrapa de inmediato y sin descanso, hasta el final.

La Octava es la sinfonía más reposada del compositor, que logró un impresionante balance entre forma y contenido mediante la claridad en la estructura formal. Contiene música de un sabor muy clásico, como correspondería a la tradición que le viene de Haydn y en especial de las últimas sinfonías de Mozart. A pesar de ello la obra no tiene un movimiento lento de carácter meditativo y concentrado, como era la costumbre, de hecho, el segundo movimiento es bastante más rápido de lo común y tiende al espíritu juguetón del scherzo.

Además, en el tercer movimiento, donde Beethoven escribió un scherzo en todas las otras ocho sinfonías, con un aire más moderno, más juguetón, pero también con una estructura que le permitió mayores combinaciones musicales, en esta puso un minueto, más elegante, menos dado a ser bromista y estructuralmente más concentrado. El cuarto y último movimiento ha sido considerado por renombrados directores de orquesta como uno de los más prodigiosos finales entre todas sus sinfonías, aunque no tenga espectacularidad con la que cerró la Quinta.

 

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