Auge y caída de la ciudad de Mahagonny
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¿QUÉ ES MAHAGONNY? ¿POR QUÉ SE HACE LLAMAR LA CIUDAD DEL PECADO?

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¡Conoce está increíble historia escrita por Bertolt Brecht y musicalizada por Kurt Weill en 1930!

Una ópera que hará historia en Bogotá: en Mahagonny todo está permitido

La escribió Bertolt Brecht en 1930 y la musicalizó Kurt Weill, pero es poderosamente actual: un lugar en donde el dinero es el rey y señor. Jugada a dos bandas para descubrir esta alegoría del auge y caída de un mundo caníbal.

Coproducción de los teatros Colón de Buenos Aires, Municipal de Santiago y Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo.

Bertolt Brecht

Acto I

Érase una vez un lugar en donde todo estaba permitido. Un paraíso en la tierra, el sueño de todos los hombres…

“Haremos aquí una ciudad y la llamaremos Mahagonny. En todas partes hay penurias y trabajos, pero aquí todo será diversión, porque el placer de los hombres es no sufrir y poder hacer de todo. Esta es la esencia del oro: gin y whisky, muchachos y chicas. Aquí una semana significará siete días de descanso”**.

Entra el coro, todos cantan a todo pulmón la Canción de Alabama:

— “¡Muéstranos el camino del próximo bar, muéstranos el camino del próximo chico guapo; muéstranos el camino del próximo dólar!”.

Este oasis en el desierto, camino a la costa, se puebla de bares y burdeles. Allí todo es éxtasis, whisky y juego, la noche y el día se confunden. Lo normal es el exceso en este nirvana donde nada está prohibido… bueno, solo una cosa… no tener dinero, que está penalizado con la muerte. Pero no pensemos aún en tragedias, mientras el rey dólar, yuan, rublo o el que sea, señale el camino y todo lo pueda comprar, moral, deudas y conciencias.

Pero…

De repente, y en medio de la resaca, los carteles avisan: “Un huracán se desplaza hacia Mahagonny”.

— “¡Oh, terrible catástrofe!, la ciudad de la alegría será destruida, en las montañas acechan los huracanes y la muerte emerge de las aguas, ¡Oh, terrible catástrofe! ¡Oh, cruel destino! ¿Dónde está el muro que me ampare? ¿Dónde está la cueva que me oculte? ¡Oh, terrible catástrofe! ¡Oh, cruel destino!”.

Vaya injusticia en la ciudad del placer. Sus moradores, interrumpidos por tan dramático presagio de tragedia, ven en riesgo sus deleites. Y uno que otro se hace preguntas en arrebatos de lucidez:

— “Ves, así es el mundo: la tranquilidad y la concordia son imposibles de encontrar, pero huracanes ¡esos sí los hay! ¡Y tifones, cuando los huracanes no alcanzan! Con el hombre pasa exactamente igual: tiene que destruir todo lo que ve. Entonces ¿para qué hacen falta los huracanes? ¿Y qué horrores puede traer el tifón, comparables a los del hombre cuando quiere diversión?”.

Acto II

Mahagonny se salva… será el milagro de Mamón, dios del dinero, que empuja los límites para saber hasta dónde somos capaces de llegar… el huracán se desvía a última hora y va a golpear a otro lugar. La impunidad reina, lo que envalentona a sus habitantes que se ven redimidos; los que prometen riqueza y sí, se hacen ricos, pero solitos, no pagarán por sus robos y se pavonearán con sus chequeras de mentira. Ahora más que nunca se saben los dueños del mundo…

— “Si hay algo que puedas obtener a cambio de dinero, procúratelo. Si alguno pasa a tu lado y tiene dinero, dale un garrotazo y llévate su dinero, estás en tu derecho”.

Esa será la consigna. Ganar, ganar. No importa cómo. Quédese tranquilo, que nadie se lo preguntará… mientras logre tener los bolsillos llenos.

— “Terrible es el huracán, terrible es el tifón, pero lo peor de todo es el hombre”.

El dinero todo lo puede. Hasta cambiar el curso de la justicia… porque… ¿qué es la justicia al fin y al cabo contra una tentación tan grande?

— “Nunca hasta ahora se había perpetrado un hecho tan lleno de crueldad –explica el fiscal en su alegato frente al jurado, porque, aunque no lo crean, en Mahagonny también hay tribunales–. Usted ha violado en forma desvergonzada todas las leyes de la sensibilidad humana. Desde el fondo de su corazón, la justicia ofendida levanta un clamor de expiación. Por eso, yo, el fiscal, solicito, teniendo en cuenta la obstinada actitud del reo, un hombre increíblemente depravado, se deje curso libre a la justicia, para que sea… dadas las circunstancias: ABSUELTO”.

Ay, qué pesado. ¿Por qué no puede seguir el placer si la estábamos pasando tan bien? ¿Será porque la juerga se extendió, ya no tenemos ni un duro y lo empeñamos todo? El primer candidato a la hoguera se acerca… cruzó el límite. Se quedó sin dinero y, como las reglas lo dicen –acá sí que funcionan las normas– quien no tiene dinero está condenado a morir. Pero antes, veamos qué tan leales son sus amigos, ¿quiénes están dispuestos a pagar por él para salvarlo?

(SILENCIO)

Acto III

—“Estamos relacionados a nivel humano, pero con el dinero es una cosa diferente”.

El canibalismo gobierna. Cada día hay más y más muertos en la ciudad de Mahagonny porque uno a uno se van quedando sin dinero. Sin plata no hay salvación. Ni amigos. No hay nada ni nadie que sostenga el paraíso. Leemos: “Los sobrevivientes organizan manifestaciones para defender sus ideales y demuestran no haber aprendido nada. Reina una confusión creciente y aumenta la carestía y la enemistad general de todos contra todos”.

En un desfile nos cantan la tabla quienes nada aprendieron:

— “Por la libertad de los ricos, por la valentía contra los indefensos, por el honor de los asesinos, por la grandeza de la mugre, por la inmortalidad de la infamia, por la continuación de la era dorada”.

Nada de nada.

— “Podemos hablar muy bien de los grandes tiempos. Podemos olvidar los grandes tiempos. Pero no podemos ayudar a un hombre muerto”.

A comernos entre todos,
hombres.

— “No podemos ayudarnos a nosotros, ni a ustedes, ni a nadie”.

Epílogo

Hace casi 90 años, Bertolt Brecht describió a Mahagonny como un punto en medio del desierto decadente, caníbal y desilusionante. Ese punto bien podría ser hoy en Las Vegas, Moscú, Pekín, cualquier lugar en Colombia o incluso en la propia Davos, cuna del capitalismo. Brecht, así como Kurt Weill, hacía parte del Grupo de Noviembre, a través del cual artistas, cartelistas, compositores, diseñadores y directores de teatro, que representaban la corriente del expresionismo alemán, alertaban sobre una crisis moral que estaba lejos de ser resuelta con dinero. Encarnaban una atmósfera compleja de la Alemania de entre guerra: era un pueblo humillado tras la derrota de la Gran Guerra, empobrecido y ad portas de la primera crisis bursátil que viviría el mundo en 1929. A pesar de todo, estos artistas estaban convencidos del poder del arte y señalaban que, frente a este panorama incierto, se acercaba galopante un discurso que prometía un paraíso tan peligroso como el propio Mahagonny: mano dura, recuperación del orgullo nacional y el enriquecimiento de su pueblo. Cantos de sirenas. Veían lo que muchos no vieron. No solo Auge y caída en la ciudad de Mahagonny fue censurada por el nazismo, sino que marcó el camino por el que seguirían los siglos XX y XXI. Siempre con la esperanza de que despertáramos. Aún seguimos en el sueño.

Puede ver la transmisión en directo de la ópera el jueves 1º de marzo a las 8 p.m. por Teatro Digital en www.teatrodigital.org

*Teatropedia es un proyecto educativo del Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo en pro de la formación de públicos en temas culturales. Más información en www.teatromayor.org.

**Teatro completo, Bertolt Brecht, vol. 9, Apogeo y caída de la ciudad de Mahagonny. Colección Teatro Universal, Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 1981.